Me parece inverosímil pero todo parece indicar que, en este espacio —que a fin de cuentas es un compendio de las cosas que me gustan— no hay más que una sola mención de uno de mis directores favoritos: Alejandro Amenábar. Vi «Tesis» y «Abre los ojos» en la sala de video de la universidad y recuerdo haberme sentido abrumado.
«No puedo dedicarme al cine —pensaba en aquel entonces—, jamás tendré un inicio como el de Amenábar» Yo tendría alrededor de 20 años y Amenábar, a sus cortos 23 o 24 años ya había grabado «Tesis». Aquella película me parecía una obra mayor, el trabajo de un director consagrado, no de un director novel. Luego vi «Los otros» en el cine y, a pesar de que no me encantó, me pareció un trabajo de calidad: un director latinoamericano demostrándole a los «gringos» cómo se hace una película de suspenso. Y finalmente llegó «Mar adentro». Ahí me quedé sin palabras. Sobra decir que es una de mis películas favoritas y una de aquellas a las que vuelvo continuamente y que, cada vez que la veo, me vuelve a retorcer el corazón.
Con todo, posterior a «Mar adentro» le perdí la pista. Tardó cinco años en presentar otra película y debo confesar que la mala distribución de la misma y la severa crítica que recibió me desalentaron de ir a verla. Probablemente mi mente prefirió guardar el buen sabor de «Mar adentro» y evitar manchar un grato recuerdo con «Ágora». Me enteré que años más tarde sacó otra olvidable película, con críticas aún peores, llamada «Regresión».
Este puede muy bien ser el caso de otro artista cuyas capacidades merman por motivos desconocidos; sin embargo, hoy me interesa hablar de otra cosa. La televisión me permitió ver hace unos días la película que decidí no ver en el momento de su lanzamiento: «Ágora». Y debo aceptar que, preparado como estaba para no ver una obra espectacular, mi impresión no fue tan mala.
Me parece que el mensaje no es enviado de la mejor manera posible pero que, si uno hace a un lado las fallas en la realización, el mensaje sigue siendo uno bastante poderoso. ¿De qué se trata? De la tantas veces desigual e injusta lucha que libra el conocimiento contra el fanatismo; y del papel que cumple el amor en el proceso de la enseñanza.
«Ágora» aborda la figura histórica de Hipatia quien destacara en los campos de la matemática y la astronomía y a quien, el momento histórico —marcado por el crecimiento del fanatismo cristiano— y su ateísmo, le costara la vida. Hipatia educó a varios de los personajes que ocuparían el poder militar y religioso de la época.
En la película —o en la visión del director, podríamos decir— es el amor el que hace que estos personajes se interesen por la enseñanza de Hipatia. Se replica aquella idea freudiana que dice que sólo el amor por la mujer es capaz de romper las formaciones de masa y producir importantes cambios culturales. Es decir, que sólo el amor por Hipatia —que representa también la sabiduría— puede romper con la ceguera total de los bandos de fanáticos que terminaron por agrupar por un lado a cristianos, por otro a paganos y por otro a judíos.
El conocimiento es entonces —como lo ha sido en varios momentos de la historia— relegado al lugar de lo prohibido. Con ello no sólo me refiero al contenido que se transmite sino a la transmisión de una visión crítica, el enseñar a pensar, a dudar de lo establecido. En ese sentido, nuestra época no se salva pues, a pesar de que hemos acumulado una buena cantidad de conocimiento científico, enseñamos muy poco a cuestionar.
Nuestras universidades enseñan dogmas y están más preocupadas por la productividad —económica— que por el desarrollo del pensamiento. Nuestros estudiantes se convierten en técnicos, en «memorizadores», en instrumentos que, en no mucho tiempo, serán suplantados por ordenadores.
Aunado a ello, la figura del maestro —al mismo tiempo que otras figuras de autoridad— se ha desdibujado a tal punto en que ya no se le respeta ni, en consecuencia, se le llega a investir con amor. Vivimos, entonces, una época difícil —con nuevas formas de ceguera y fanatismo— en la que vale la pena recordar historias como la de Hipatia, así sea a través de una película de dudoso valor artístico.
En esto no se salva ninguna ciencia ni ninguna corriente de pensamiento: psicólogos, psicoanalistas, cognitivos, médicos, químicos, etc. Todos estamos expuestos a convertir nuestro accionar —supuestamente científico— en un apéndice de la gran maquinaria de creencias y fanatismos que rigen nuestra época. En última instancia, sólo queda el recurso de apelar a nuestra —nunca tan necesaria— capacidad de cuestionar, ¿por qué debo creer aquello que me dicen que debo creer?

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